Una ciudad en euforia

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  • viernes, 27 de junio de 2008
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  • Neyder Jhoan Salazar
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  • por: Neyder Jhoan Salazar




    Todo parece ser una fiesta, muchos están alegres y deseos de diversión. La ciudad está llena de residentes, de turistas y de hijos pródigos que aprovecha las vacaciones para volver. Aun no son las doce de la tarde y la ciudad comienza a congestionarse, pitos de carros y motos invaden la tranquilidad. Ya empieza a sentirse la euforia de las personas que están paradas y sentadas en impróvidas sillas que cubren ambos bordes de la calle por donde pasara el tan esperando desfile.
    A esa hora el calor carcome los hueso, se hace eminente comprar una bolsa de agua y porque no, una cerveza helada que se consigue cada metro por vendedores que aprovechan para hacerse su quincena. La mayoría de las personas tienen sombreros puestos, los ponchos cubren sus hombros. Minutos antes del desfile no hay un solo espacio para mirar claramente el espectáculo. Por ese motivo los más osados se ingenian estrategias para mirar al menos la cara de una reina. Los chicos se suben a los arboles, los más pequeños son alzados por sus padres y los que no quieren salir a la calles desde algún edificio sacan sus cabezas para mirar a gran altura el desfile.
    Chitos, cerveza, aguardiente, dulces y muchos productos invaden a los transeúntes que buscan una posición para observar mejor y otros perdidos a última hora buscan su grupo de amigos. Grupos de familias y amigos ya están listos para mirar el desfile que por el sonido de voladores se sabe que se aproxima. Ya el ruido y la alegría es inevitable, todos están contagiados por su fiesta.
    Son las once de la mañana y ya es claro visibilizar el desfile, los que están más lejos solo ven la cabeza de la reina, los que están al borde de la calle se ganaron su puesto a punta de empujones, pelas, quemada del sol y de largos minutos de espera. La reina lanza un dulce y como si fuera una guerra todos se lanzan por el premio, de ahí es casi seguro que resulte una pelea que no pasa de palabras. Los hombres ameritan la espera con el beso lanzado de la reina, que baila contagiada por la alegría desbordada del público. Por último pasa la cabalgata y sus caballistas, hombre que al son de una ranchera y un buen trago disfrutan el recorrido, y mujeres que parecen Amazonas muestra su porte y domino de sus ejemplares.
    Después de todo el desorden pasan los únicos que no gozan la fiesta, pero si su trabajo. Son las personas del cuerpo de aseo que sudando recogen la basura que deja la fiesta. Luego de esperar largas horas de desfile, muchos prendidos por el trago deciden rematar en algún bar o en una de las improvisadas y populares pesebreras. Así es la fiesta de San Pedro en Neiva que un día termina, pero al otro día continua una vez más la euforia en esta ciudad.

    2 comentarios:

    Anónimo dijo...

    buen articulo pero creo que la gente esta vendiendo de todo por q la economia del pais es uan mierda......y lo poco que se consigue (como usted lo llama centavos) la gente es de la venta informal en la calle......

    "La LoCa De LoS GaToS" dijo...

    buen blog un saludo!
    www.lalocadelosgatos.es